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Publicado como primeiro capítulo de
Filosofía política moderna, org. Attilio Boron, Buenos Aires:
Eudeba, 2000.
| | Thomas
Hobbes o la paz contra el clero Hay
muchas maneras de iniciar un artículo sobre Hobbes. La más obvia
consistiría en comenzar por el estado de naturaleza, que en nuestro autor
es el estado de guerra de todos contra todos, pasando entonces al contrato que
instituye al mismo tiempo la paz y un Estado fuerte, en el cual los súbditos
no tienen derecho a oponerse al soberano. Otra estrategia residiría en
resumir, sucesivamente, la física, la psicología y la política
hobbesianas. Pues evitaré ambas, ya que una lectura del Leviatán
o de El Ciudadano —sin intermediarios— las supliría con facilidad.
Principiaré evocando algo que suele ser despreciado, la religión
del filósofo o, para decirlo mejor, el papel que recibe la religión
en Hobbes 1.
(Janine Ribeiro, 1999; Hobbes, 1968; Hobbes, 1992). En
las partes III y IV del Leviatán, o sea, en la mitad final
del libro, Hobbes se dedica a la política cristiana. Para ser exacto, la
tercera parte trata del Estado cristiano y la última del poder que la Iglesia
católica romana pretende ejercer. Por esto, en la III habla de lo que es
correcto y en la IV de lo que a su parecer es erróneo. Son partes poco
leídas de la obra de Hobbes. Generalmente, quien las lee queda impactado.
Hubo y todavía hay reacciones fuertes en contra de las cuasi blasfemias
que, en la parte IV, nuestro autor dirige contra el papado. Por lo que le toca,
la parte III impresiona al lector con alguna formación cristiana debido
a la teología tan heterodoxa que en ella se lee. Seguramente, es este carácter
poco usual de las doctrinas religiosas de Hobbes lo que facilita considerarlo
ateo. De sus ideas, tal vez la más importante de su teología es
la de la mortalidad del alma, que no pasa de un soplo y, por eso, cuando exhalamos
el último suspiro se nos va toda la vida que tenemos. Nada sobrevive. Solamente
en el día del Juicio Final seremos resucitados —de cuerpo entero, porque
la carne nada es sin este soplo, ni el soplo sin la carne— para un enjuiciamiento
definitivo. Después, los electos tendrán vida eterna y los condenados
sufrirán la segunda y final muerte. En
realidad, esta tesis es menos impactante de lo que parece. Lo que Hobbes hace
es articular varias tesis que circulaban en los medios religiosos del siglo XVII.
Se trataba de ideas heterodoxas, tal vez heréticas de cara a los poderes
establecidos, pero de vasta circulación en la Inglaterra de la Revolución
Civil. De ellas no se puede inferir un posible ateísmo de nuestro autor.
Lo que impresiona son, en realidad, dos cosas. Primero, que en estas tesis Hobbes
se encuentra, eventualmente, con la "izquierda" de su época.
Así, mientras su voluntad de preservar el orden y su simpatía (cada
vez más personal y menos expresada en las conclusiones de sus obras) por
la monarquía lo aproximan a la "derecha", y su recurso del contrato
y de los intereses como fundamento para la teoría política lo alejan
del derecho divino, situándolo más cerca de una posición
republicana, o sea, de un "centro", es en la religión que nuestro
autor más se acerca a lo que podríamos llamar la "izquierda"
de su tiempo. Hablar
de derecha, centro e izquierda antes de la Revolución Francesa —cuando
estos términos adquirieron aplicación política, a partir
de la distribución de los diputados en el recinto de la Asamblea Constituyente—
suena anacrónico. Y en algunos casos lo es. Sin embargo, el conflicto político
inglés del siglo XVII autoriza una lectura bajo tal recorte. Tenemos, a
la derecha, los defensores del poder del Rey y de los Grandes del reino; en el
centro, los que los cuestionan a partir de la pequeña y mediana propiedades
o del capital; a la izquierda, una reivindicación más radical, la
de los no propietarios. Las
posiciones políticas que así evoco son aquellas que Christopher
Hill se dedicó a esclarecer a lo largo de su obra de historiador. La gran
historia de la Revolución Inglesa redactada en el siglo XIX, bajo el impacto
del presente whig y del pasado puritano, valoró a los opositores
de Carlos I como puritanos, ancestros de los liberales decimonónicos, pero
dejó de lado a los movimientos sociales, a los radicales en medio de la
oposición, aquellos que ponían en tela de juicio a los dos lados,
yendo más lejos que una oposición de propietarios. Solamente Hill,
a partir de su Revolución Inglesa de 1640, escrita para el tricentenario
de la misma, recupera el lugar y el papel de aquellos rebeldes. Entre ellos sobresalen
los levellers, niveladores, que quieren una igualdad social, y sobre todo
los diggers, escavadores, o true levellers, verdaderos niveladores,
los únicos que proponen la supresión de la propiedad privada de
la tierra cultivada. Pues es en este medio que un leveller, Richard Overton,
publica Mans Mortalitie, "La mortalidad del hombre", que en mucho
coincide con las tesis hobbesianas. En síntesis, la idea de los mortalistas
es que nuestra alma es tan mortal como nuestro cuerpo; no existe una eternidad
de tormentos, ya que la vida eterna está reservada a los buenos y, por
lo tanto, sólo puede ser una eternidad beatífica, jamás una
inmortalidad de dolores. Infierno, entonces, no hay. (Hill, 1977; Hill, 1987;
Overton, 1968). El
resultado político de esta concepción es bastante claro. Si no hay
condena eterna, sino tan sólo existe la salvación eterna o entonces
la muerte definitiva, no se perjudica en nada la recompensa a los buenos, pero
se reduce en grandes proporciones el castigo a los malos. Quien anhela la salvación
del alma nada pierde. Empero, quien le teme a la condena eterna puede renunciar
a ese temor. En aquella época, como mostró Keith Thomas, no eran
pocos los que manifestaban escaso interés por ir al Paraíso, mas
temían acabar en el Infierno; ahora bien, si este temor pierde razón
de ser, lo que se desprende es una reducción del miedo. Disminuyó
con ello el miedo que se le tenía al clero, detentor de las llaves de acceso
al Cielo y al Infierno. Formulándolo más claramente: de los territorios
del Más Allá lo más importante es el Infierno. Decía
un obispo anglicano —Bramhall, de Derry, Irlanda, que se involucró en polémicas
con Hobbes— que lo peor no es lo que él le hizo al cielo sino al infierno.
Hamlet, en la obra de Shakespeare, menos de 50 años antes de nuestro autor,
medita el suicidio en el célebre monólogo "Ser o no ser";
precisamente, lo que le hace soportar los males actuales, en vez de ponerles fin
con "un simple puñal", es el miedo de aquellas cosas que nos
aguardan después de la muerte, "ese ignoto país" —el Más
Allá— "de cuyos confines ningún viajero vuelve". Los medievales
tenían una cierta noción de lo que habría después
de la muerte; eran publicados relatos de almas del purgatorio que visitaban sus
parientes, de almas que venían a contar su beatitud en el Paraíso
o su sufrimiento en el Infierno; con la modernidad cesaron esos viajes. Se pierde
el conocimiento que aquéllos alegaban tener del Más Allá.
(Thomas, 1971; Shakespeare, 2000; Hobbes, 1839; Janine Ribeiro, 1999). Se
entiende que la izquierda, queriendo reducir el poder del clero anglicano y hasta
el de los ministros presbiterianos, se empeñara en disminuir el Infierno.
Con todo, la misma posición también es comprensible en un autor
nada "izquierdista" como Hobbes. Su problema es eliminar la gran amenaza
al poder estatal. Claro está que sólo una lectura superficial llevaría
a creer que el Estado estuviera amenazado por los rebeldes. Quien realmente lo
somete a una enorme presión es el clero. No existe rebeldía sin
control de las conciencias. Pensar la revuelta solamente por el uso de las armas
es un equívoco que nada, en Hobbes, permite. Las acciones humanas se desprenden
siempre de opiniones. Las opiniones gobiernan a la acción y ese es un lugar
común de la época. Pero con esto no se hace referencia a opiniones
en el sentido de hoy, es decir, un habla explícita, divulgada, conciente,
aunque menos consistente que una teoría. La doxa, como hoy la concebimos,
es un concepto debilitado. Cuando un pensador de inicios de la modernidad habla
de "opinión", lo que entiende es algo más próximo
a nuestro inconsciente que a nuestra habla. La opinión que alguien tiene,
y que rige las acciones, es una convicción a veces ni siquiera explicitada.
Por ejemplo, si alguien cree que el poder soberano está dividido entre
el rey y el Parlamento o que la soberanía, que cabe al rey, no incluye
la representación, que pertenecería al Parlamento, tal opinión
lo hace obedecer o a uno o al otro. Pero no se trata necesariamente de una opinión
que una encuesta permitiría constatar. Puede consistir, simplemente, en
ignorar que el "soberano representante" es el monarca. Tener
tal opinión incluye, por un lado, un poder enorme de la misma opinión
y, por el otro, un no saber bien de que se trata. Donde
esto queda más claro es en un pasaje, tal vez el más significativo
de la obra hobbesiana intera. Me refiero a un momento del capítulo XIII
del Leviatán. Hobbes acaba de explicar por que ocurre la guerra
de todos contra todos. Explicó que, justamente porque somos iguales, siempre
deseamos más los unos que los otros. De la igualdad deriva una competencia
que, ante la falta de un poder estatal, se convierte en guerra. Así, expresa,
"los hombres no experimentan placer ninguno (sino, por el contrario, un gran
desagrado) reuniéndose, cuando no existe un poder capaz de imponerse a
todos ellos". Ahora bien, Hobbes es conciente de la dimensión estremecedora
de esa tesis radicalmente antiaristotélica. Estamos acostumbrados a creer
en nuestra naturaleza sociable. Es justamente porque tenemos esta ilusión,
por cierto, que nos tornamos incapaces de generar un mínimo de sociedad:
Hobbes lidia con tal paradoja, que más tarde será retomada por Freud,
según la cual, si queremos tener sociedad, debemos estar atentos a lo que
hay de antisocial en nuestras pulsiones (Freud) o en nuestras posturas y estrategias;
si queremos tener amor, debemos tener noción del odio. No se construye
la sociedad sobre la base de una sociabilidad que no existe. Para que ella sea
erigida es preciso fundarla en lo que efectivamente existe, es decir, ni en una
naturaleza sociable, ni siquiera en una naturaleza antisocial, sino en una desconfianza
radicalizada y racional. Por cierto, construir la sociedad sobre la base de una
sociabilidad inexistente es peor que simplemente no construirla; porque la inexistencia,
para el caso, significa que existe la sociabilidad como quimera, como ilusión
y, por lo tanto, depositar la creencia en ella es multiplicar los problemas. Si
intento construir un edificio sin cemento o sin ladrillos, ni siquiera se podrá
levantarlo. No se construiría nada. Pero en la vida social, si construyo
una sociedad con autoengaño, engendro una potencia interminable de nuevos
engaños. De
cualquier modo, Hobbes percibe que acaba de enunciar la más impactante
de sus tesis. Por eso, rápidamente introduce a su lector como personaje
del texto; en un recurso rarísimo en su obra y en su tiempo transforma
a este discreto asociado —que somos nosotros o, por lo menos, sus contemporáneos—
en destinatario explícito de su discurso. Y le pide a cada lector
("él": es interesante que no use la fórmula obvia, "you",
vosotros o usted; he aquí una manera de mantener todavía la distancia
con quien lo lee) "que se considere a sí mismo", cuando cierra
las puertas y hasta los cajones en su casa: "¿Qué opinión
tiene, así, de sus conciudadanos, cuando cabalga armado; de sus vecinos,
cuando cierra sus puertas; de sus hijos y sirvientes, cuando cierra sus arcas?"
(la cursiva es mía). Aquí hay dos puntos a resaltar. Primero:
el pasaje es estratégico en la obra. Hobbes acaba de pronunciar aquello
que, en su época y posiblemente en la nuestra, más contraría
las convicciones aceptadas sobre la naturaleza humana. Como observa Leo Strauss,
Hobbes y Espinosa son los dos primeros pensadores que contrarían la tesis
de que la sociedad efectúa la realización de la naturaleza humana;
en cambio, entendieron que la vida en sociedad va en contra del eje de nuestra
naturaleza. Aquí Hobbes requiere dirigirse al lector porque está
obligado a reconocer que dice algo poco aceptable. Más que eso, necesita
suspender el protocolo usual del texto filosófico —que consiste en afirmar
lo que se cree verdadero con tal énfasis que se hace necesario extirpar
ese vestigio de la retórica, esa memoria de la persuasión que es
la presencia del interlocutor, para el caso: el destinatario— porque la simple
enunciación de lo que sería cierto o correcto no basta. Si Hobbes
no se dirigiese a su lector, el texto probablemente decaería en la lectura:
es de imaginarse que muchos lectores cerrarían aquí el libro, considerando
sus tesis nada más que absurdos no merecedores de atención. (Strauss,
1971, cap. V; Hobbes, 1968). El
segundo punto: la opinión aquí referida —la del lector— no es conciente.
El lector que usa llaves en su casa no sabe lo que significa ese uso o, mejor
dicho, no sabe que opinión tiene. Hobbes no necesitaría identificar
y tratar de persuadir a tal destinatario, si apenas reiterase lo que este último
ya sabe. Si la deferencia al lector se impone, es porque él mismo no sabe
lo que hace o cuál es su propia creencia. Existe por tanto un doble juego
con el lector. Por un lado, alcanza la dignidad de ser incluido en la obra, como
quien la puede avalar y darle continuidad. Por el otro, y contraponiéndose
a esta promoción hobbesiana del lector, éste es delicadamente advertido
de que no extrae las consecuencias o los supuestos de su acción. No sabe
en lo que cree. Desconoce su propia opinión. Ésta mejor se infiere
de los actos que practica. Es por ahí que la opinión adquiere dos
trazos que más tarde distinguirán el inconsciente freudiano: ella
es desconocida por quien la tiene y, justamente por eso, lo gobierna en gran medida.
Esta composición hecha de autodesconocimiento y de simétrico poder
es lo que marca tanto la opinión hobbesiana como el inconsciente
freudiano. *** Nuestro
paréntesis con respecto al papel de la opinión en la filosofía
hobbesiana es explicable2:
si ella no es visible, si ni yo sé en lo que creo, se hace necesario
un largo recorrido al rededor de lo que produce las creencias. Si Hobbes fuese
un autor del siglo XIX o inclusive del XX, posiblemente hablaría sobre
la producción de ideología. Si fuese un pensador de la segunda mitad
del siglo XX, probablemente hablaría de los medios de comunicación.
A su modo, realizó una cosa próxima, pues mostró cómo
se engendra el error, pero un error diferente, en sus alcances, de aquel que su
contemporáneo Descartes criticaba en sus Meditaciones Metafísicas.
(Descartes, 1968). El
error cartesiano es muy grave porque afecta a todo nuestro conocimiento del mundo,
al punto de que estaríamos —¿quién sabe?— tratando con apariencias
y no con las cosas como son; y de esto llega Descartes inclusive a plantear la
posibilidad de que tal gigantesco mundo falso a nuestro alrededor sea obra, no
de Dios, sino de un genio maligno. Con todo, el error visto por Hobbes es todavía
más grave. Cuidadosamente, ya estando dentro de la moral provisional,
Descartes evita que el error desborde hacia la acción. Cuando decide proceder
a la duda hiperbólica y sistemática, que es uno de los emprendimientos
más audaces que ya ocurrieron en filosofía, resguarda de ella todo
lo que se refiere a la acción individual o política, o sea, todo
lo que afecta a la ética de las acciones, al respeto al trono y al altar.
Para Hobbes se trata de otra cosa: todo el problema está en la desobediencia
al soberano. Cuando él habla de error, es siempre debido a los efectos
que este podría causar en los actos humanos y en el orden social. Por eso,
el error hobbesiano se propaga extraordinariamente: devastará a todo el
Estado, al mundo entero, no sólo como objetos de conocimiento, sino alcanzando
su propia condición de existencia en tanto que espacios de convivio humano.
Cuando
se habla de opiniones que causan disidencia, revuelta, ellas son enunciadas como
una serie de concepciones acerca de donde está legítimamente el
poder. Se trata de una secuencia de proposiciones sobre el poder y su ubicación.
Entonces, a primera vista tendríamos como causa de la revuelta un discurso
equivocado de filosofía del derecho o de filosofía política.
No obstante, una lectura más atenta del conjunto de la obra demuestra que
el descontento con el poder legítimo —que no es necesariamente el del rey,
ya que Hobbes también acepta la aristocracia y hasta la democracia, aunque
debe ser un poder consistente, soberano, todo él invertido en las
manos de un solo hombre, de un solo grupo o aun del conjunto de todos— proviene
en último análisis de un manejo de las conciencias por un sujeto
oculto y opuesto al Estado. En otras palabras, la revuelta no surge tan sólo
de la ignorancia o de una desobediencia generalizada. No sucede por casualidad.
La ignorancia de los súbditos y la desatención del gobernante solamente
resultan incendiarias cuando la chispa es producida por ese escondido sujeto de
la política, ese sujeto de patente ilegitimidad: la casta sacerdotal. El
error cartesiano podía ser una suma mal hecha; el error hobbesiano es un
equívoco devastador en su operación destructora de la sociedad y
es causado por una voluntad subversiva, sistemática, a saber, la del clero.
Éste ocupa en el pensamiento de Hobbes el lugar que correspondería
al genio maligno o al gran embustero en la filosofía de Descartes. *** Contra
el clero se juntan, así, la preocupación popular, en el sentido
de cohibir el chantaje eclesiástico contra la disidencia, y la preocupación
hobbesiana, empeñada en eliminar la hipoteca clerical sobre el poder del
Estado. Aunque esa "alianza" hobbesiano-popular sea muy coyuntural,
y no impida a nuestro filósofo criticar en el Behemoth 3
a los predicadores disidentes, el hecho es que, por lo menos en parte, la religión
hobbesiana se aproxima a la izquierda, más que a la derecha o al centro.
Esto, porque tanto la derecha anglicana como el centro presbiteriano quieren controlar
las conciencias y para ello se valen de la Iglesia, de alguna Iglesia, como brazo
armado, mientras que Hobbes teme que ese brazo se vuelva contra el Estado, y la
"izquierda" no quiere tal tipo de represión. (Hobbes, 1969). Pese
a lo anterior, justamente esa convergencia, aparentemente antinatural, entre Hobbes
y la izquierda —aquella izquierda que conocemos básicamente gracias a Christopher
Hill—, nos deja todavía un puzzle. Sería un error suponer
que la religión de Hobbes fuera de izquierda, su simpatía partidaria
de derecha y su base política de centro. Tal recorte sería equivocado,
primero que nada, porque su religión es heteróclita. Veamos uno
de sus trazos fundamentales: la doctrina de las cosas indiferentes o adiaphora,
que está subentendida a lo largo de su obra 4.
Ella significa que, en sí mismas, las cuestiones por las cuales las personas
se matan en materia religiosa son, en su mayor parte, indiferentes a la salvación.
El ejemplo ofrecido generalmente es el de las vestimentas o el de los rituales.
Da lo mismo que la mesa de comunión, como la llaman los radicales, esté
en el centro del templo o que quede —bajo el nombre más solemne de altar,
preferido por los conservadores religiosos— en una punta de la iglesia, sobre
un estrado. Los dos partidos se dividen acerca de este punto, entendiendo —con
razón— que la mesa en el centro indica que el sacerdote no pasa de un primus
inter pares, al paso que el altar en posición privilegiada le atribuye
autoridad sobre la congregación. De ahí que los radicales prefieran
una cierta igualdad entre el ministro religioso y sus fieles, al paso que los
conservadores optan por la superioridad del clérigo sobre los legos. Pero
Hobbes no piensa así, siguiendo un linaje que posiblemente viene de Erasmo
y de Melanchthon, y que por lo demás corresponde muy bien a las ideas del
primer Cromwell, Thomas, ministro que condujo a Henrique VIII a la Reforma protestante.
Es poco lo que se necesita para la salvación —fe y obediencia, afirma Hobbes—
y todo lo demás no pasa de puntos requeridos para la buena policía
de los Estados, no afectando en nada al eje de la creencia en Dios. Por eso la
disposición de los objetos o de las personas en el templo, e inclusive
la mayor parte de los artículos de fe, poco importa en sí misma.
Seguiremos al respecto lo que el Estado mande. La
idea de las cosas indiferentes tiene, así, un doble papel. Por un lado,
se vacía la verdad última de esos artículos de fe, rituales
o vestimentas. No son verdaderos ni falsos. La teología se reduce, en gran
medida, a la liturgia. Por otro lado, se determina que se obedezca a los artículos
de fe, mas no por su contenido, sino por su forma o función. El contenido
es indiferente, pero la forma permite regular el servicio religioso. Bajo una
comparación pertinente, es como las leyes de tránsito: poco importa
que adoptemos o no el sentido de circulación inglés; pero de cualquier
forma, manejar del lado derecho o del izquierdo no puede quedar al arbitrio de
cada uno. La ley que nos ordena manejar por la derecha es arbitraria, pero debemos
seguirla porque nos salva la vida. Lo que importa no es el contenido de lo que
el gobernante, lego o religioso, decidió, sino el hecho de que haya decidido
algo; ese formalismo de las decisiones trae como resultado que renunciemos, todos
nosotros, a discutir lo que es mejor o peor, especialmente en una materia tan
controvertida e irresoluble como la de la salvación del alma. Suponiendo
que las cosas sean indiferentes, Hobbes sigue una via media en materia
religiosa. No es radical ni laudiano5:
las dos alas extremas de la política religiosa leen en cada rito o vestimenta
toda una doctrina, que juzgan como verdadera o falsa, divina o herética.
Hobbes, al contrario, vacía de significado
los ritos,
las vestimentas y buena parte de las doctrinas. Nada de eso remite a un referente
sacro. Ninguna práctica en el templo, ni la mayor parte de las creencias
propias, va más allá de señalar —indirectamente— nuestra
obediencia al poder existente, a los powers that be, al Estado. Con esto,
se instaura la paz en el Estado. Por este lado nuestro autor se afilia al partido
del orden. Pero esa paz no se establece como le gustaría al partido del
orden: gracias al derecho divino, a la alianza estrecha del trono con el altar
o al miedo abundantemente inculcado en las conciencias. En vez del derecho divino
y del origen del poder estatal derivado directamente de Dios, Hobbes recurre al
interés de vivir a salvo del miedo de la muerte violenta y al contrato
como fundación del poder. En vez de un condominio entre la espada y el
báculo, nuestro autor subordina el clero al soberano, que porta más
rasgos seculares que religiosos. Él anexa la religión y el
clero, pero bajo la primacía de un Estado que se irá laicizando
a lo largo del tiempo. Finalmente, a pesar de toda una tendencia a leer Hobbes
como defensor del miedo, su proyecto estriba en regularlo, excluyendo sus excesos,
su desmesura, el pavor que podemos tenerle a los tormentos eternos con los que
el clero chantajea tanto a nosotros como a los príncipes. Existe un temor
legítimo que sentimos en relación al soberano, pues legalmente nos
puede punir, y existe un pavor ilegítimo, que es fruto del chantaje clerical. *** Continuando
acerca del clero: un pasaje bastante conocido de la obra hobbesiana es la frase
que prácticamente abre la Parte II del Leviatán, ahí
donde el filósofo dice que "Covenants without the Sword are but
Words", los pactos sin la espada no pasam de palabras. Esta frase, por
ser mal comprendida, causó muchos errores. El error consiste en pensar
que, al no existir la espada de la justicia, es decir, el Estado en tanto que
poder punitivo (lo que es la esencia de su poder), ningún compromiso que
firmaran los hombres tendría validez. Esto provoca un problema lógico,
que sería muy serio si no fuera tan sólo aparente: ¿cómo
tendrá valor el primer contrato de todos, aquel que crea y funda el Estado,
si —por obvias razones— cuando es firmado no existe aún la espada del soberano
para garantizarlo? Mientras el Estado no exista, ningún pacto tendrá
valor porque él no puede forzar su cumplimiento, pero como el propio Estado
nace de un pacto, lógicamente nunca podrá comenzar a existir. Sería
preciso contar con la espada del soberano antes de que exista el Estado;
pero, entonces, ¿cómo pensar la fundación del Estado? La
solución para tal dificultad radica en mostrar que ésta apenas es
aparente. En realidad, existen pactos que valen aun cuando no hay un poder estatal.
En síntesis, no valen los pactos en relación a los cuales es razonable
y racional suponer que podrían ser violados por la contraparte. Valen aquellos
para los cuales no tiene base tal desconfianza. Literalmente, Hobbes dice que,
"tanto (either) cuando una de las partes ha cumplido ya su promesa,
o (or) cuando existe un poder que le obligue al cumplimiento", "no
es contra razón"6
mantener la palabra dada. Cuando no existe el poder del Estado, solamente merece
descrédito el pacto en el que ninguna de las partes cumplió
ya lo que debería de hacer. Imaginemos
los tres casos posibles. El primero es un contrato en el que las dos partes rápidamente
cumplen lo que deben hacer, cuando, por ejemplo, doy con una mano una manzana
y con la otra recibo una pera. Aquí no cabe la desconfianza, simplemente
porque no hay futuro. El contrato — para el caso, la forma jurídica correspondiente
al hecho del intercambio — se consumó en el presente. En
un segundo caso, doy a otra persona, digamos, pieles de cuero, contra su promesa
de que mañana me traerá un abrigo. Aquí, cumplo de inmediato
mi parte, pero el otro solamente lo hará en el futuro. Este contrato se
basa en mi confianza en la otra persona. Todo indicaría que, en
el estado de naturaleza, sería completamente descabido tal tipo de acuerdo.
Veremos, sin embargo, que es exactamente lo contrario. El
tercer caso consiste en que prometa al otro traerle mañana el cuero, cuando
él también me entregará el abrigo. Aquí, los dos estamos
igualados, como en el primer caso, pero con la –significativa– diferencia de que,
en cuanto antes solamente había presente, ahora solamente hay futuro. En
cuanto allí la confianza era innecesaria, aquí resulta imperativa. ¿Cómo
se coloca Hobbes delante de estos tres casos? El primero mal merece su atención.
Su pronta ejecución práctica nos dispensa de cualquier problema
jurídico. Pero lo interesante es que, al contrario de lo que le
parecería a un lector apresurado, Hobbes valida el segundo modo aunque
no exista Estado e invalida el tercero, a menos de que haya un poder
común. La razón es simple y, por cierto, arroja luz sobre lo que
es el estado de naturaleza hobbesiano. Vamos, entonces, a ese caso. Hobbes,
en el mencionado capítulo XIII del Leviatán, explica que
existen tres causas de guerra. La primera ocurre (por "beneficio") cuando
deseamos aquello que otro posee: "si alguien planta, siembra, construye o
posee un lugar conveniente, cabe probablemente esperar que vengan otros, con sus
fuerzas unidas, para desposeerle y privarle, no sólo del fruto de su trabajo,
sino también de su vida o de su libertad". La segunda es un
despliegue de la primera: como de lo anterior surge una "desconfianza
mutua, ningún procedimiento tan razonable existe para que un hombre se
proteja a sí mismo, como la anticipación", o sea, una
defensa por medio del ataque. Como no sé quien competirá conmigo,
ataco preventivamente a todos los que puedan venir a hacerme mal. Es esa la causa
que generaliza la guerra. Insistamos
en estas dos causas. La primera considera las cosas como objetos de deseo: "si
dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se
vuelven enemigos". No es que las cosas sean escasas en el mundo: el argumento
de la carencia, que obviamente cesaría en su validez tan pronto como la
prosperidad o la abundancia reinasen en el mundo, no aparece en Hobbes. Basta
que dos de nosotros deseemos la misma cosa. El deseo, lo sabe muy bien Hobbes,
no se inclina ante una proporción razonable que exista entre las cosas
disponibles y las necesidades humanas: nos podemos matar por aquello que no
necesitamos. Más que eso, la primera causa considera las cosas del punto
de vista del sujeto deseante. El ejemplo que Hobbes propone es el del desposeído
que codicia el bien del dueño o propietario industrioso (nótese,
de pasada, que hasta en el estado de naturaleza puede él dar un ejemplo
de propiedad, o cuasi propiedad, justamente porque no existe el
estado de naturaleza como una substancia cerrada y localizada: lo que Hobbes presenta
es la "condición natural de la humanidad", la condición
a la cual todos tendemos, en sociedad o no, bajo un poder común o no, tan
pronto como ese poder común falla o se desmorona. De aquí que
el estado de naturaleza no sean los otros; somos nosotros mismos, una vez que
el Estado se resquebraja. Como dice Christopher Hill, el estado de naturaleza
hobbesiano es la sociedad burguesa "sin la policía". (Hill, 1990,
p. 271). Por
lo tanto, apesar de que es muy fuerte la primer causa de guerra, por el papel
que le confiere al deseo, ella no resulta generalizable. Su principal función,
me parece, es la de introducir y justificar la segunda causa: la de la desconfianza
de quien tiene en relación a quien no tiene. Como en la primera causa el
no tener es identificado con el desear lo que los otros tienen, los have
comienzan a disponer de una lente que justifica su temor de que los have-not
los ataquen y, por eso mismo, legitima su ataque preventivo contra estos últimos.
En
un primer momento, pues, la guerra se desataría movida por el deseo de
los que no tienen contra los que tienen. Vamos a llamar "A" al deseante
que ataca. En un segundo momento, la guerra se amplía, movida por la razón
de los que tienen contra los que no tienen. Llamaremos "B" a aquel que
desconfía. Inicialmente, la guerra es vista del ángulo, digamos,
"popular", del de los desposeídos: de abajo para arriba. En este
plano, ella es deseo. Pero en su despliegue la guerra pasa a ser considerada racionalmente:
es razonable que el que posee ataque a su posible ladrón o asesino.
Claramente, Hobbes hace más suya la mirada de la segunda causa que de la
primera. Al tratar de aquella, era apenas descriptivo; aquí, concluye:
"Por consiguiente siendo necesario, para la conservación de un hombre,
aumentar su dominio sobre los semejantes [por el cual quien tiene ataca a quien
no tiene con el propósito de anticipar la posible agresión de éste],
se le debe permitir" (las cursivas son mías). (Hobbes, 1996,
cap. XIII, p. 101). Llegamos
al siguiente punto. Si Hobbes rigiera la guerra por la primera causa, estaría
diciendo que todos deseamos todo y que esa es la razón de que el ser humano,
movido por una psique egoísta, interesada y agresiva, ataque a los otros.
Su tesis sería la de que tenemos o somos naturaleza y de
que ésta es belicosa. No obstante, si él considera sobre
todo la segunda causa, y la primera sólo funciona como puente para llegar
a ella, cualquier afirmación sobre una belicosa naturaleza humana es innecesaria
y equivocada. Basta afirmar, y tiene más fuerza, que disponemos de razones
más que suficientes para desconfiar los unos de los otros. Es esto, por
cierto, lo que él pregunta a su lector: no si desea todo lo que los demás
poseen, sino si desconfía de todos los otros, hasta de los criados y familiares.
(El error de Macpherson consistió en dar toda la fuerza a la primera causa
—adquisitiva, posesiva— y con ello dejar de considerar la segunda, que piensa
a la sociedad en términos de relaciones de desconfianza, espontáneas,
o de confianza, construidas). Ahora bien, si desplazamos el eje de la primera
causa a la segunda, significa que el conflicto, por lo menos en esencia, está
ligado a que yo tenga razones para desconfiar que el otro me atacará. Si
hubiera una situación, aun sin la existencia del Estado, en la cual
yo no tuviera elementos razonables para sospechar del otro, no habría
razón para que lo agrediera. (Macpherson, 1970, cap. II) Tal
situación existe: es la del segundo caso arriba tratado, cuando en la negociación
entre dos partes la primera hace lo que debe de inmediato, al firmar el
pacto, mientras la segunda —y solamente ella— tiene el tiempo futuro para cumplir
lo que prometió. Así, la primera parte no tiene por que desconfiar,
porque ya hizo todo lo que debía, mientras que la segunda no tiene razones
para sospechar, exactamente porque trata con alguien que confió en ella.
Es por esto que, aun no habiendo Estado, mediante esta forma se inscriben en la
inmensidad del estado de guerra algunos oasis de contratos puntuales, aquellos
que es posible firmar y necesario cumplir. Es
posible entender el contrato hobbesiano, de institución del Estado o de
adquisición de dominio, a partir de tal modelo. Cuando, por ejemplo, el
vencedor en la guerra decide no matar el prisionero, desde que éste le
obedezca, el vencedor le está dando la vida (ya, de inmediato) y el vencido
le promete obediencia por todo el futuro. Cuando la madre adquiere dominio sobre
su niño, es porque le da la vida (ahora, de pronto) y, por lo tanto, es
correcto que el hijo le prometa obedecer. Cuando, finalmente, todos firmamos el
pacto gracias al cual se instituye el Estado, cada uno de nosotros está
cediendo algo en el acto (el derecho a todas las cosas, que antes disfrutábamos)
y, así, retira de todos los otros las razones para la sospecha recíproca.
Lo que resulta absolutamente brillante en este caso es que el contrato de todos
con todos hace que cada uno ocupe las dos posiciones, la de quien desconfía
(B) y la de aquel de quien los otros deberían desconfiar (A). Cada uno
(A), cediendo de inmediato, le retira a los otros (los B) la razonabilidad de
cualquier sospecha sobre él. El carácter simultaneo de la operación
hace que, siendo todos A y B, la guerra encuentre su fin. Lo
que pretendí mostrar es que, para comprender tal procedimiento,
no es necesario introducir un elemento externo al orden jurídico,
que sería la espada del Estado como garante de un contrato que, precisamente,
le da nacimiento. Sin duda, en el orden de las cosas, en la práctica o
en el mundo de facto, es el afilado poder de la justicia y de la guerra el que
conserva la paz. Pero en la fundamentación jurídica él no
es posible (porque el Estado no existe) – ni tampoco necesario... *** ¿Qué
es lo que significa, entonces, la famosa frase sobre los "Covenants",
que sin la espada no pasan de palabras? A rigor, quiere decir —para usar el término
jurídico— que es necesario vestir la promesa. El compromiso "desnudo"
de nada sirve. Hay varios modos de vestirlo, de darle consistencia. Entre ellos,
el más simple consiste en confiar a la fuerza pública su cumplimiento:
el afilado poder de ésta asegura que la palabra dada se convierta en acto.
Pero vimos que aquél supone la existencia del Estado. Otra posibilidad,
en la cual nos detuvimos, es que el pacto debe ser cumplido cuando la parte beneficiada
por la confianza ajena no cuenta con razones para desconfiar de la otra. El punto
en el que deseo insistir es que no se puede leer la frase sobre los "Covenants"
desde un punto de vista, digamos, "militarista", en el cual la clave
de las relaciones de contratación estaría en la espada y sin ésta
tendríamos apenas, parafraseando a Hamlet, "palabras, palabras, palabras".
¡Si en la propia obra de Shakespeare es de palabras que todo está hecho!...
(Shakespeare, 2000). Nuestra
cuestión, para volver al clero, es que éste usará palabras,
y solamente palabras, para conquistar un mayor poder que el de la propia espada.
(Una vez más, la comprensión superficial de la frase sobre los "Covenants"
induce al error en lo que se refiere al principal problema hobbesiano, el de la
guerra civil suscitada por clero). Veamos, entonces, la mayor de las realizaciones
de las que el clero fue capaz: la guerra civil inglesa. Hobbes tratará
de ella en una obra posterior a la Restauración, el Behemoth. *** ¿Por
qué un filósofo como Hobbes, que se pasó buena parte de su
vida criticando las metáforas, figuras e imágenes, y más
que eso, responsabilizándolas por la subversión y por la guerra
civil, da a dos de sus obras títulos que evocan monstruos? A primera vista,
tendría mayor sentido en que utilizara títulos puramente denotativos,
de los que la alusión, lo figurativo y la imagen estuvieran ausentes. Eso,
por cierto, es lo que Hobbes hizo con total éxito en Del ciudadano,
en 1642. Y la cosa es aún más curiosa porque los comentadores no
encuentran fácil descifrar lo que quiso él decir de la política
con los dos monstruos. Es verdad que sobre el Leviatán se llegó
a un razonable consenso: Hobbes escogió el monstruo citado en el Libro
de Job porque reina sobre los hijos del orgullo y nosotros, humanos, somos
antes que nada movidos por nuestra vanidad, por la vana noción que tenemos
de nuestro valor; es ésta, por cierto, la tercera causa de la guerra generalizada
entre los hombres, de la "guerra de todos contra todos"7.
¿Pero, por qué mientras un monstruo bíblico designa el posible y
necesario poder sobre los hombres vanos, el otro apunta hacia la desagregación
de todo el poder en las manos del clero? No
es clara la razón de que se haya escogido el Behemoth bíblico
8,
contra el igualmente veterotestamentario Leviatán. Pero podemos
sugerir al menos un bosquejo de respuesta. Primero, Hobbes insinuaría que
vivimos entre dos condiciones monstruosas, la de la paz bajo el gobierno absoluto
(o mejor, el gobierno de un soberano) y la de la guerra generalizada, esto es,
el conflicto intestino que arroja al hermano contra el hermano. La guerra de todos
contra todos es, en realidad, la guerra civil, peor que cualquier otra porque
en la guerra externa puede haber una productividad, una positividad: después
de todo, Hobbes es mercantilista y para esta escuela económica la guerra
extranjera puede servir de excelente medio, tanto o hasta mejor que el propio
comercio externo, para acumular un superávit en metales preciosos. (Ya
se dijo a propósito del mercantilismo que la guerra es la continuación
del comercio por otros medios). En cambio, en el conflicto doméstico no
hay productividad, solamente destrucción. Él es la potencia de lo
negativo. Sin
embargo, a pesar de que la destitución de todo referencial constante y
la universalización de la desconfianza componen una condición monstruosa,
su superación pasa igualmente por una monstruosidad, el poder pleno conferido
a una persona 9
o soberano. Existe algo de monstruoso en el poder del Estado, primero que nada
en sentido literal, por ser algo que salta a la vista, un prodigio o una cosa
increíble que se muestra con el fin de impresionarnos; también porque
sobre su acción campea un elemento incondicionado de temor, imprevisto
e imprevisible, que puede convertirse en terror. Hobbes habla de fear y
de awe, que no designan un miedo desmedido, sino un respeto, una reverencia,
un temor que tiene su razón de ser; su soberano no es un déspota,
un sultán que gobierna mediante el pavor; pero el hecho de haber escogido
a un monstruo, para representar ese poder, ayudó a la fortuna crítica
a pensarlo mediante la desmesura, la plenitud de mando desbordada, a veces hasta
el punto de infundir un miedo irrestricto. En
segundo lugar, específicamente en el Behemoth, la guerra de todos
contra todos no es tan sólo, como afirma Hobbes en el Leviatán,
una condición en la que no tenemos certidumbre de que el otro cumpla los
pactos que firmó y en la que atacarlo es, por consiguiente, la mejor línea
de acción a seguir. El capítulo XIII del Leviatán
describe una situación de guerra, como antes de éste lo hicieron
los capítulos I de De Corpore Politico y de Del ciudadano,
y señala sus causas. Pero, curiosamente, es el Behemoth, libro de
menor pretensión teórica, el que muestra con precisión cómo
y por qué se produce la condición de guerra: el clero es
su causante. La guerra de todos no es una simple hipótesis para servir
de contrapunto —o coartada— a la paz instaurada por el poder soberano. Ella es
producida, primero que nada, por la desmedida de la palabra que finge detentar
las llaves de acceso a la vida eterna. Si el poder del gobernante es fuerte, es,
sin embargo, un poder apenas laico, únicamente racional, si no va más
allá de lo temporal y no controla también lo espiritual. Los diversos
cleros, al pretender un acceso propio a las cosas espirituales, imponen un límite
decisivo a la autoridad del soberano. Por eso, éste no puede ser laicizado,
en los términos en que hoy lo concebiríamos. Es preciso que él
sea un poder temporal y espiritual, como se lee en el título completo del
Leviatán, que es "Leviatán o la materia, forma y
poder de una República Eclesiástica y Civil" (república,
claro, en un sentido que es más el de Estado en general, que el de la forma
de elección de sus gobernantes; pero lo que yo quería subrayar era
el papel religioso, tanto como temporal, de ese Poder). Al
contrario de lo que el lector de nuestro tiempo puede imaginar, el poder más
fuerte no es necesariamente el de la espada visible, el gladius de la justicia
y de la guerra, que el soberano (lego) empuña, sino el de una espada invisible,
la de la fe y la religión. Si el gobernante que juzga de manera visible
y a los ojos de todos puede infligir la muerte física, el clero blande
la amenaza de la muerte eterna al mismo tiempo que nos hace antever una eternidad
en el paraíso. Esta mezcla de promesa y amedrentamiento puede ser más
eficaz que el instrumental desencantado con el que el poder lego intenta controlar
las conductas. La frase sobre el carácter vano de los pactos sin la espada
no debe hacernos olvidar que la palabra (ya no el "covenant",
político o comercial, sino la prédica religiosa), conforme sea utilizada,
puede detentar una fuerza mucho mayor que la de la propia espada. Es esta palabra
descontrolada sobre el Más Allá, o mejor, esta palabra controlada
por el clero, el gran peligro contra el cual escribe Hobbes, conforme argumenté
en Ao leitor sem medo; de ahí deriva la importancia del Behemoth:
en él se percibe que la condición de guerra generalizada, el conflicto
doméstico, resulta sobre todo de las maquinaciones del clero. Vimos
que la desconfianza hobbesiana vale en contra de cualquier clero. Hobbes
concentra sus ataques en los presbiterianos, pero no exime a los católicos
romanos, aunque estos fueran fieles al rey Carlos, coincidiendo con el filósofo
en la simpatía por la monarquía Estuardo. Peor aún: los responsabiliza
porque constituyen la matriz del poder alternativo, del poder subversivo al que
llama, en la Parte IV del Leviatán, "el reino de las tinieblas".
La propia Iglesia Anglicana, que en Carlos I tendrá su primer mártir
—y a lo mejor el único, por lo menos en territorio inglés—, jamás
recibe de su parte palabras tiernas. Todo el clero, es decir, cualquier categoría
de personas que se especializa en las cosas espirituales, tiende a reivindicar
un acceso directo a lo divino. Mejor sería que los propios gobernantes,
reputados como legos, ejercieran igualmente, en sus personas, un ministerio religioso:
quedaría claro, así, que todo el poder está unido. Se evitaría
la división del poder, que engendra una contradicción interna altamente
peligrosa. Pretendí
sostener un punto, para el cual el Behemoth contribuye decisivamente: la
guerra de todos contra todos no es simple desorden, no es mera carencia de orden.
Es producida por la existencia, en el interior del Estado, de un partido. El conflicto
intestino no resulta de la quiebra del Estado. No es efecto de una falla o falta.
Es consecuencia de la acción de un contrapoder, que se mueve en
las sombras, el contrapoder de un clero desobediente. (Pero todo clero tiende
a ser desobediente). *** El
problema de muchas lecturas de Hobbes reside en su anacronismo: proyectan en el
filósofo problemas que no fueron suyos, que difícilmente serían
suyos. Es el caso de la discusión, tan común en cierto tiempo, sobre
el carácter burgués o no de nuestro autor. No es que ese debate
fuera impertinente, pero le confería demasiada importancia a un aspecto
de su pensamiento, del que es posible que el propio filósofo tuviera muy
poca noción. Su problema crucial, en relación a los actores políticos
y sociales de su tiempo, no estaba en los capitalistas, sino en los eclesiásticos.
El clero, y no el capital, es el gran actor contra el que trabaja Hobbes. Identificarlo
es necesario y para ello debemos evitar el anacronismo. Pero
no todo anacronismo es descabido. Ciertos puentes que construimos en medio los
tiempos pueden ser útiles. Arriesguémonos en uno: el clero, en el
siglo XVII, es como un medio de comunicación de nuestro tiempo que se hubiera
apropiado del Más Allá. Imaginemos —tal vez no sea necesario un
excesivo esfuerzo para ello— una red de comunicación de masas que, para
completar su poder, prometiera a sus oyentes la salvación y amenazara a
los desatentos con la muerte eterna. Este doble papel es el de los medios de comunicación
del siglo XVII, el clero: por un lado asegura las comunicaciones, informando,
predicando; por el otro, sanciona con los mejores premios y los peores castigos
a quien se muestre refractario a lo que él quiere transmitir y domesticar.
Así, se suman un principio de aparente descontrol —la circulación
desenfrenada de los signos, escapando en su movimiento al control original que
garantizaría la tutela, el respeto al orden— y una fuertísima forma
de control, a saber, la referencia a lo divino, el acceso monopolizado a lo trascendente,
la llave de lo absoluto bajo la forma del dolor eterno o de la satisfacción
igualmente eterna. El secreto del éxito eclesiástico está
ahí, en esa suma de subversión y poder. De
ahí que sea la guerra civil el verdadero estado de naturaleza, la genuina
amenaza a todos nosotros o, por lo menos, aquello en contra de lo que escribe
Hobbes. Debemos leer el capítulo XIII del Leviatán, ese pasaje
clave del antiaristotelicismo hobbesiano, de la negación de nuestro autor
de una sociabilidad natural, de su ruptura con nuestro espontáneo sentido
común que nos hace creer en la bondad humana —aunque cerremos bajo llave
nuestras casas y nuestras economías—, como la cifra de esa combinación
de orden y desorden clerical. El verdadero problema no radica en la violencia
privada, de individuo contra individuo. Ésta es cuando mucho un resultado.
Su causa efectiva es la ambición clerical del poder. En otras palabras,
sólo el clero es capaz de mandar en medio del desorden. Es
ese orden oculto lo que no quiere Hobbes, aquello en lo que ve la principal
amenaza a la paz entre los hombres. En contra del orden que se esconde bajo un
aparente desorden y que, precisamente por eso, según nuestro filósofo,
engendra y reproduce desorden, él quiere un orden claro, explícito,
en un solo nivel, el de la visibilidad. Solamente el clero puede tener su orden
en medio de lo que el lego llamaría desorden. En medio del caos, sólo
la profesión eclesiástica se encuentra como pez en el agua; tan
sólo ella posee su propio orden debido al desorden. Es por eso que
Hobbes, no pudiendo laicizar el poder de una sola vez —lo que sería anacrónico,
lo reconozco, pero sobre todo ineficaz—, necesita someterlo a lo espiritual.
Su soberano será, a un tiempo, temporal y espiritual: véase la portada
del Leviatán, con el rey sosteniendo en una mano la espada y en
la otra el báculo. Atacar al clero, desmontar sus pretensiones, es esencial
si queremos la paz. *** El
combate al clero se da en dos registros esenciales. Primero, es necesario atacar
al clero visible, el causador inmediato del desorden: el presbiteriano. Hobbes
muy bien podría dirigir el filo de su crítica en contra de los independientes,
de las sectas más variadas, pero éstos, aunque radicales, nunca
tuvieron mucho poder. Nuestro autor es más hostil, no con los radicales,
sino justamente con el grupo "moderado" de la Revolución, los
presbiterianos, que pierden el poder en ocasión del juicio de Carlos I.
La crítica de Hobbes no prioriza a los extremistas o a los republicanos,
sino justamente a aquellos que funcionaron como un intento de "partido del
orden" revolucionario. Fueron ellos los que encendieron un proceso de desobediencia
contra el rey, que acarrearía todo lo demás como efecto suyo. Aquí
está la cuestión: no condenar el radicalismo aparente, pero sí
buscar su causa. Y ésta es presbiteriana. Pero
Hobbes va más adelante. Si tiene sentido decir que los presbiterianos fueron
quienes desataron la conflagración, que después escapó de
su control, y si tiene, pues, cabida responsabilizarlos por lo que después
sucedió, nuestro autor rompe con todo sentido común al culpar a
los católicos, en última instancia, por el procedimiento propio
de los presbiterianos. Tiene sentido llamar a los sectarios y radicales como crías
de los presbiterianos, pero causa enorme extrañeza llamarlos como prole
de los papistas. Pero vimos que una de sus ideas maestras consiste en responsabilizar
a la Iglesia Romana por oponer al legítimo poder soberano un poder alternativo
que exige, bajo pena de muerte eterna, la obediencia de todos a sus preceptos.
Es esta la matriz que organiza todo discurso religioso que se pretenda independiente
del poder legal. Con
esto, Hobbes se aleja de cualquier obviedad. Una lectura de la Revolución
Inglesa pondría a los católicos y a los anglicanos del lado del
Rey, a los presbiterianos y a los radicales en su contra y a favor de la República.
Las simpatías de Hobbes, está más que sabido, recaían
en Carlos I. No obstante, de estos cuatro grupos religiosos uno de los menos atacados
por el filósofo será justamente el último, por cierta casualidad
el de los regicidas, mientras que su ira se dividirá, de forma casi igual,
entre papistas y presbiterianos. En el Behemoth, casi todos los disparos
se dirigen en contra de los presbiterianos, pero en el Leviatán
la guerra se le hace a la Iglesia Romana, de modo que las cosas se equilibran.
No existe contradicción entre los dos libros: Roma suministra el modelo
y el presbiterio efectúa su aplicación escocesa e inglesa.
Los
anglicanos, aunque monarquistas por definición, presentan el riesgo de
todo clero, es decir, su tendencia a emanciparse de la necesaria unión
del poder espiritual al temporal. Los radicales, a pesar de todo lo que Hobbes
les desaprueba, no fueron los que causaron los disturbios. Hasta podría
decirse que Hobbes aprobaba ciertas medidas de Cromwell, a final de cuentas un
"independiente" en materia religiosa: la unión de Escocia a Inglaterra,
la represión al papismo irlandés, las guerras mercantilistas en
contra de los Países Bajos, el comienzo del imperio colonial por la ocupación
de Jamaica, en suma, una visión más laica del Poder o, por lo menos,
una mayor preponderancia de la espada sobre el clero organizado que la que se
observa tanto entre los católicos, como entre los anglicanos
de Carlos I
o entre los presbiterianos. El gran problema hobbesiano no es, pues, el de la
división usual entre dos partidos en la Guerra Civil, realistas y parlamentares,
ni aun entre tres, si a estos acrecentamos, como lo hace con razón Christopher
Hill, a los radicales. El punto en el que insiste es el de poner fin a la tutela
de los profesionales de la religión sobre los gobernantes y los ciudadanos.
*** Ya
me referí al Behemoth, obra tardía (Hobbes tiene ochenta
años cuando la publica) que proporciona al estudioso la posibilidad de
confrontar la teoría más hard, de los tiempos de la Guerra
Civil, que se insinúa en De Corpore Político y florece en
Del ciudadano y en el Leviatán, con un gran estudio de caso:
el examen del proceso político y social de la Guerra Civil que, justamente,
ocasionó la teoría. Porque recordemos que Hobbes, hasta sus cuarenta
años de edad, o sea, hasta 1628, era un humanista más o menos estándar.
Su principal obra hasta entonces era una traducción inglesa de la Historia
de la Guerra del Peloponeso, de Tucídides, de la cual pretendía
extraer una lección práctica sobre los peligros de la desobediencia
al legítimo soberano y sobre las desventajas de la democracia de cara a
la monarquía. La idea misma de consultar la historia pasada con el fin
de llegar a una lección práctica, responde a un humanismo precientífico,
aquel que desmontaría el siglo XVII con el método y la geometría.
Es por eso que las cosas comienzan a cambiar cuando nuestro humanista, viendo
en la biblioteca de un amigo los Elementos de geometría, de Euclides,
abiertos en la página del teorema de Pitágoras, soltó una
palabrota ("By God!"; su biógrafo, John Aubrey, a quien
debemos tal registro, acrecienta: "de vez en cuando, él maldecía
para dar énfasis a lo que decía") y exclamó: "¡eso
es imposible!". Pero viendo que existía una demostración, fue
repasando todo hasta el comienzo. Leyó, por tanto, de atrás hacia
adelante los Elementos, "de tal modo que al final se sintió
convencido por la demostración de aquella verdad. Eso lo hizo apasionarse
por la geometría." (Aubrey, 1972; Janine Ribeiro, 1992, p. XVII-XVIII;
Janine Ribeiro, 1993, p. 97-119; Janine Ribeiro, 1998, p. 59-106; Hobbes, 1629). Durante
los diez años siguientes Hobbes cumplirá un programa de estudios.
Vivirá parte de esos años en el continente. Es un periodo de paz
en Inglaterra, porque el rey cerró el Parlamento (lo que no era inconstitucional,
dado que no existía previsión sobre su periodicidad y que su única
competencia innegable era votar los impuestos, aunque sólo los principales)
y, como desistiera de participar en la última gran guerra religiosa europea,
la de los Treinta Años, no necesitó los tributos parlamentarios.
Mientras tanto, Hobbes descubrió, partiendo de Euclides, un nuevo continente,
el de la philosophia prima. Su plan de estudios empieza por el examen de
los cuerpos y así visita a Galileo en su prisión domiciliaria, discute
con Mersenne y Gassendi, y hace objeciones (las terceras) a las Meditaciones
de Descartes; después, dicho plan de estudios pasará por el
hombre y solamente un tiempo después concluirá con el ciudadano.
Física, psicología, política: he aquí su itinerario.
Sin embargo, a fines de la década las tensiones se agolpan en Inglaterra
y eso lo fuerza a cambiar el orden de sus preocupaciones, haciéndolo trabajar
y publicar primero lo que debería venir por último. Es por tanto
la Guerra Civil lo que despierta, prematuramente, la política hobbesiana.
Cabe discutir, es claro, si ésta hubiera sido diferente en caso de que
no hubiese ocurrido el conflicto o si Hobbes hubiese continuado el itinerario
inicialmente previsto. En todo caso, es poco probable que hubiera grandes cambios,
inclusive porque Hobbes no revió en prácticamente nada —por lo menos
de manera explícita— los tres tratados de política que concluyó
o publicó entre 1638 y 1651, y esto a pesar de vivir hasta 1679. De
cualquier modo, si Hobbes no renegó de ninguna tesis del Leviatán,
la existencia de una obra emparentada con la inspiración bíblica
del título, el Behemoth, permite por lo menos cotejar la teoría
y la práctica de nuestro autor, es decir, la guerra civil inglesa con la
teoría, expresada en obras anteriores de índole más genérica.
Sólo este cotejo es suficiente como fuente de inumerables indagaciones,
presentes en la bibliografía, como, por ejemplo, en la maestría
de Eunice Ostrensky que orienté y que, entre otras cosas, busca dar cuenta
de las aparentes —y a veces reales— contradicciones entre el Behemoth y
las obras teóricas. Además de esto, como Hobbes mal comienza a ser
trabajado, una vez que en los últimos veinte años tuvimos a su respecto
más libros significativos que en cualquier otro período comparable
de los tres siglos precedentes, los diálogos sobre la guerra civil constituyen
un excelente desafío para quien pretenda profundizar en el filósofo.
(Ostrensky, 1997). De
tales diferencias me gustaría señalar apenas un punto: mientras
que el Leviatán acepta y acata el poder de Cromwell, que parece
consolidado, el Behemoth da a entender que, si la República no se
mantuvo en Inglaterra, eso se debe al hecho de que nunca se haya consolidado (porque
nunca podría consolidarse) el Estado cromwelliano. Tal vez sea esta
la principal o, por lo menos, la más visible diferencia entre las dos obras.
En efecto, el Leviatán hasta usa, para designar al Estado,
el término que Cromwell empleó para su régimen, "Commonwealth",
literalmente "bien común" o "cosa pública",
es decir, República. Este término poseía, en esa época,
dos sentidos principales, uno ampliado —toda y cualquier forma de gobierno, hasta
la monárquica, en cuanto buscase el bien común— y otro más
restringido —aquella forma de gobierno en la que los dirigentes son electos. Es
obvio que Cromwell y los holandeses destacaban el segundo sentido y Hobbes el
primero, aunque son evidentes las connotaciones, casi pro cromwellianas, de la
elección terminológica de Hobbes. Más
que esto: nuestro autor publica el Leviatán todavía exiliado
en el continente y, en seguida, percibiendo que así suscitaba el odio de
los monarquistas que allí se habían refugiado, vuelve a Inglaterra
y se somete al nuevo gobierno. Se acuerda de Dorislaus e Ascham, cuenta él
en la autobiografía que escribió al final de su vida, y por eso
—temiendo la muerte violenta— regresa a Londres. Es claro que la ira monárquica
contra él se debe principalmente a dos pasajes, uno en el capítulo
XXI y otro en la "Revisión y Conclusiones" (que será suprimido
de la traducción latina posterior a la restauración de la monarquía),
en el cual justifica un poder alcanzado mediante la conquista que haya consolidado
su regla, asegurando el orden entre los súbditos. Existe lógica
en esto: si el poder se explica, no como dádiva divina, sino como construcción
para preservar la vida de los ciudadanos, su prueba de congruencia radica
en el modo como atienda a esa finalidad tan terrena y no en la obediencia
a un misterioso mandato de Dios. Hobbes no puede cambiar esta idea clave, que
viene del contractualismo, y jamás la cambiará. Si lo hiciera dejaría
de ser Hobbes. Con
todo, hay un hecho importante: después de la muerte de Cromwell,
su poder se desmorona. Los Estuardos vuelven al trono. Todo indica que a Hobbes
le gustó el desenlace, aunque probablemente temiese el desorden a lo largo
del proceso (¡y ahí, sí, los radicales intentaron desempeñar
un papel que nuestro filósofo no apreciaba en absoluto!). Hobbes necesita
dar cuenta de su equivocada previsión, por decirlo así. Y él
lo hace alterando lo menos que puede su convicción anterior. En otras palabras,
no cedió en la idea de que el gobernante debe su poder a intereses y deseos
muy humanos. Aunque insinúe, algunas veces, una reverencia al derecho divino
o a la legitimidad dinástica, su problema continúa siendo la paz.
Así, en última instancia, cambia su lectura de Cromwell: no en términos
de que él fuera un usurpador y, por consiguiente, ilegítimo. El
problema crucial y principal es que no logró consolidar su poder. La impresión
de que la República iría a perdurar , válida en 1649 o 1651,
se vio desmentida por los hechos. Y, si no logró consolidarse, habrá
sido porque es muy difícil que un poder nuevo adquiera la misma calidad
de aquel que tiene, a su favor, una larga duración en el tiempo. El poder
continúa valiendo, pues, por su finalidad en este mundo —traernos la paz—
y no por su supuesta y legitimista meta en el otro mundo: proporcionarnos la salvación
eterna. Solamente que un nuevo poder parece menos apto para traer la paz que aquel
que ya tiene la opinión de todos en favor de sus derechos y costumbres.
Esto lleva a reactivar, implícitamente al menos, el episodio de Medea y
el rey Peleas, que contaba Hobbes, con distintos matices, en las tres versiones
de su filosofía política: la hechicera convencía a las hijas
del decrépito monarca a rejuvenecerlo, lo que exigiría cortarlo
en pedazos y ponerlo a hervir en un enorme caldero. Evidentemente, de ello no
resultaría un bello y guapo rey, sino apenas un cocido de carne humana.
La lección que nos da esta alegoría es que cambiar un régimen,
a pesar de los defectos que posea, implica correr riesgos que es mejor evitar.
En el anhelo de volver joven lo que es viejo pasamos demasiado cerca de la muerte.
La revolución inglesa, que Hobbes jamás aprobó o apoyó,
podría haber resultado, a pesar de todo, en un nuevo orden y así
lo esperaba en 1651 nuestro autor, amante de la paz casi a cualquier costo; sin
embargo, lo que se comprobó es que tal excepción al modelo del rey
Peleas no funcionaba, prevaleciendo la idea de que no se toca el régimen
existente. Insisto: la opción abierta en el capítulo XXI y en la
conclusión del Leviatán, en la edición inglesa de
1651, jamás significaría reconocer alguna legitimidad o legalidad
a la desobediencia revolucionaria. Apenas una brecha existía, consecuencia
inevitable del rechazo contractualista al derecho divino, a través de la
cual un poder valía por sus efectos —producir el orden y la paz—, más
que por su supuesto origen en la voluntad de Dios o en la transmisión del
derecho al trono por la sangre. El contrato hobbesiano, a pesar de que deriva
el poder de una fundación remetida a una fecha imposible de fechar, a una
fecha inexistente e improbable, en momento alguno admite el significado de que
el poder se legitime por el pasado o por su origen. Así,
ni Maquiavelo ni el derecho divino. En la relectura de la guerra civil realizada
en el Behemoth, nuestro autor parece dar una respuesta a Maquiavelo, cuyo
Príncipe, en última instancia, trata sobre todo de cómo
puede un príncipe nuevo -que haya conseguido el poder por las armas ajenas
y, por lo tanto, no cuente a su favor ni con ejércitos propios, ni con
la opinión reiterada a lo largo de las generaciones- lograr la construcción
de una tal opinión, de una tal obediencia. Lo que Hobbes podría
responder es que tal resultado es muy difícil; aun cuando el nuevo gobernante,
como en el caso de Cromwell, cuente con un óptimo ejército. La opinión
no cambia tan fácilmente. O de otra forma: es relativamente fácil
subvertir un gobierno, los presbiterianos que lo digan; pero substituirlo por
uno nuevo es muy difícil: que lo digan Cromwell -y los mismos presbiterianos-.
Esto
no significa reconciliarse con el derecho divino. Nuestro filósofo pudo
tener bastante simpatía por la alta aristocracia, habiendo servido casi
toda la vida a los Cavendish, y por los reyes, habiendo enseñado aritmética
al joven príncipe de Gales, en el exilio francés, y frecuentado
su corte cuando se vio restaurado con el nombre de Carlos II; pero esto no implica
que aceptase la base de la pretensión monárquica a la corona.
Jaime I, abuelo de Carlos II, fue muy claro al sostener que provenía de
Dios el título de los reyes, lo que significaba que un modo de acceso al
trono entre otros —el de la hereditariedad— se veía constituido como el
único correcto. Adicionalmente, la tesis de Jaime I significaba que toda
intromisión de los súbditos en asuntos de gobierno constituía
un sacrilegio: el rey reprobó enérgicamente las "curiosities"
a las que los hombres de su tiempo eran muy afectos y por las que se ponían
a descubrir los "misterios de la realeza". Sucede que Hobbes apreciaba
mucho la curiosidad —motor principal de la investigación científica—
y lo que hizo, por lo menos mientras duraba la guerra civil, fue estudiar los
fundamentos del poder y de la obediencia. No habría mucho en común
entre él y los monarquistas. Lo que, para concluir, muestra una paradoja
decisiva de la obra de nuestro autor. No fue querido ni por los realistas, de
cuya práctica se sentía próximo, ni por los republicanos,
de cuya teoría estaba más cercano (ya que el contractualismo, viendo
la política ex parte populi y no ex parte principi,
funda en el pueblo y no en Dios las cosas del poder). Nadie lo persiguió
de cerca, mas huyó de Inglaterra tan pronto como vio que las cosas caminaban
hacia la rebelión (fué "el primero de todos los que huyeron",
según se jactaba curiosamente en la autobiografía de su vejez),
tuvo la publicación del Behemoth prohibida por su ex alumno Carlos
II (y necesitó, así, editarla en Holanda o, por lo menos, fingir
que había visto luz en aquel país; lo que resulta curiosísimo,
tratándose de un pensador que defendía el respeto a la censura estatal
de las doctrinas) y, finalmente, dos años después de su muerte,
la Universidad de Oxford mandó a quemar en plaza pública sus libros
como subversivos. A lo mejor extraemos de esto dos lecciones. La primera en gran
medida responde a una pregunta implícita de tantos de nuestros conciudadanos,
que plantean con una sensación de extrañeza: "¿por qué
filosofar? ¿de qué sirve filosofar?" Filosofar no es sólo dar
una justificación o un fundamento más acabado a una idea o ideal
previamente existente. Hobbes era monarquista antes de leer Euclides pero, después
de leerlo, jamás volvió a condenar a la democracia de forma absoluta
o a sostener el derecho divino de los reyes. Ahora bien, como el conflicto político
pasaba justamente por ese vínculo íntimo entre el rey y la divinidad,
de la que el primero sería lugarteniente en la Tierra, esos cambios en
las ideas de Hobbes fueron decisivos. Dar un nuevo fundamento altera profundamente
cualquier construcción: el edificio no pasa incólume por el trabajo
de la excavación filosófica. La
segunda lección se refiere al lugar excéntrico de Hobbes en el pensamiento
político. En otros pensadores, como su sucesor Locke, se puede ver que
expresaron bastante bien una posición social, política y partidaria.
Su voz proviene de un solo claramente identificable. Esta idea del pensador como
portavoz de intereses fue bastante explorada, y con razón, por varias vertientes
de estudiosos, sobre todo, pero no sólo, por los marxistas. Sin embargo
Hobbes, como en cierta medida Maquiavelo —por lo menos en El Príncipe—
y Rousseau, constituyen casos difíciles de encuadrar en ese modelo de lectura,
por decir lo menos. ¿Sería Hobbes monarquista? Sí, lo fue en el
foro privado; pero entonces, ¿por qué sostener su doctrina política
en una teoría contractualista que, como sus propios contemporáneos
se cansaron de decir, desmantelaba el edificio? La pregunta simétricamente
opuesta (¿sería republicano? ¿acaso cromwelliano?) nadie se atreve a formularla,
de tan absurda que suena; pero una cuestión sí fue planteada seriamente:
¿sería un pensador burgués? Y esta contradicción interna
suya (el monarquismo burgués) explicaría lo que no funciona en su
teoría desde el punto de vista de su recepción exitosa. Pero el
problema de esos intentos por encuadrar al autor en su contexto es que la cuestión
del solo del cual se habla no tiene cabida en el caso de Hobbes, ni tampoco en
el de los dos autores que mencioné. Sugiero que, en vez de que tratemos
de descubrir el lugar desde el que ellos hablaban, aceptemos que fueron, de veras,
filósofos fuera de centro; pensadores que, por diversas razones, radicalizaron
a tal punto la crítica efectuada a su tiempo, que se hizo imposible el
que fueran recibidos como insiders. Y de aquí resulta lo que de
mejor existe en la filosofía política, una serie de destellos de
lucidez que la hacen ser más y algo diferente a una justificación
ideológica de los poderes existentes y de las creencias dominantes. BIBLIOGRAFÍA
Aubrey,
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y otros escritos. (Barcelona, Ediciones Península, col. Nexos). Hobbes,
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de Renato Janine Ribeiro. São Paulo, Martins Fontes).(Hay traducción
al castellano: Del Ciudadano. Caracas, Universidad de Venezuela, 1966) Janine
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de Filosofía (Buenos Aires).XIII (3), noviembre de 1987, pp.357-64. Janine
Ribeiro, Renato. 1988. "A religião de Hobbes" (el mismo artículo).
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2, julio de 1990. Janine
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in La última razón de los reyes. (p. 59-106. Traducción
para el español de Eduardo Rinesi. Buenos Aires, Colihue). Janine
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o seu tempo. (Belo Horizonte, 2a edição, Editora Universidade
Federal de Minas Gerais). Macpherson,
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de 1640. (São Paulo, tesis de maestría defendida en la Faculdade
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de Eduardo Rinesi. Buenos Aires, Talcas). Strauss,
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Chicago Press). Thomas,
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Brown, Keith (org), Hobbes Studies. (Oxford, Blackwell). Thomas,
Keith. 1971. Religion and the decline of magic. (Nueva York, Charles Scribner
and sons). NOTAS 1
Mi principal obra sobre Thomas Hobbes es Ao leitor sem medo: Hobbes escrevendo
contra o seu tempo (Al lector sin miedo: Hobbes escribiendo en contra de su
tiempo), 1999. Como será una referencia constante en este artículo,
no la citaré todas las veces que la tomo como presupuesto. En Argentina
ya publiqué un artículo sobre la religión de Hobbes, más
que sobre el papel de esa religión (Janine Ribeiro, 1987 e 1988),
otro sobre Hobbes y el derecho (Janine Ribeiro, 1990) y, finalmente, un libro
(Janine Ribeiro, 1998) que tiene un capítulo sobre el filósofo. 2
Aquí y en otros lugares me permito usar términos — como opinión,
verdad— no en el sentido que tienen en Hobbes, sino en el que hoy es corriente.
El lector notará cuando el concepto es utilizado en la acepción
hobbesiana y cuando recibe un sentido más permanente o más actual.
3
No le impide criticarlos. Pero él los critica con mucho menos vehemencia
de la que dedica a los presbiterianos y a los papistas. Inclusive los anglicanos,
que estaban más cerca del poder del Estado, reciben críticas —explícitas
o implícitas— mayores que los independientes.
El Behemoth
es editado en 1668. Sin embargo, hoy es una práctica común utilizar
la edición de Ferdinand Tönnies, que data de 1889, la cual incluimos
en la bibliografía.
4
Por lo menos en sus tres grandes obras políticas —De Corpore Político,
De Cive y el Leviatán— Hobbes jamás habla de "indifferent
things" o de "adiaphora", pero la idea está subentendida.
(Hobbes, 1996; Hobbes, 1992; Hobbes, 1968).
5
Seguidor del arzobispo Laud, que dirigió la Iglesia Anglicana en el reinado
de Carlos I, siendo odiado por los puritanos; fue ejecutado durante la Guerra
Civil. La Iglesia oficial, hasta su época, reunía prácticamente
a todos los ingleses y por eso toleraba diferencias doctrinarias y litúrgicas;
con él en el mando, sin embargo, se dió una clara opción
hacia un rumbo más conservador. Una señal de como eso fue interpretado
por Roma está en la oferta de un solideo cardenalicio que le hizo el Papa,
en caso de se reconciliase con la Santa Sede. Su fe anglicana genuina (como la
de Carlos I) quedó atestiguada por su rechazo. 6
Hobbes, 1996, capítulo XV, p. 120. Insisto en el "either... or",
que deja claro como cualquiera de las dos condiciones hace racional el cumplimiento
de la palabra dada. Ver Janine Ribeiro, 1999, p. 166 y ss. Noten que en el pasaje
citado, Hobbes está respondiendo al "fool", el necio,
que alega que es racional violar la palabra dada para llevar ventaja siempre que
no exista peligro de ser punido. En realidad, el "fool" me parece
ser el nombre que Hobbes da a Maquiavelo, a quien no menciona expresamente. 7
Sobre la tercera causa de guerra, ver en el Leviatán el capítulo
XIII. Ver también la portada de la edición original de 1651, sistemáticamente
reproducida —probablemente la imagen más conocida de la filosofía
política; también aparece en innúmeros libros de ciencia
política—, en la que, sobre el rey que empuña la espada y el báculo,
se lee la referencia al Libro de Job, que celebra el Leviatán
como un poder al que, en éste mundo, ninguno se compara (capítulo
41, versículo 25). Con respecto a la honra o gloria como causa de guerra,
y a su importancia, ver Thomas, 1965, y Janine Ribeiro, 1999, capítulo
III y VII. 8
Mientras el Leviatán es un dragón o serpiente, el Behemoth
es en la Biblia un hipopótamo. Ver Job, capítulo 40, vv.
15-24. Es importante notar que el texto bíblico no proporciona elementos
suficientes para valorar positivamente uno de los monstruos (en este caso, el
Leviatán hobbesiano, que es el poder de Estado, pacificador) y negativamente
al otro (el Behemoth de Hobbes, que es la guerra civil). 9
Persona es un concepto jurídico, que no se refiere necesariamente
a un individuo. En el caso de Hobbes, puede ser una asamblea y, dado el caso,
el Estado será democrático o aristocrático, no monárquico.
Recordemos que las personas son con frecuencia fictae, ficticias. | | |